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jueves, 31 de enero de 2008

_Fernández_Crónica íntima de una adicción.-

Revista
Publicado en la ed. impresa: Revista
Domingo 23 de setiembre de 2007
Noticias Archivo Domingo 23 de setiembre de 2007 Revista Nota

Corazones desatados

Crónica íntima de una adicción

Con la primavera, vuelven a LNR las historias de gente común relatadas por Fernández, anticipo de un libro inquietante que el mes próximo llegará a las librerías. Esta vez, un fotógrafo se convierte en la obsesión de una mujer enamorada que lo persigue hasta destruirse. Cuando el amor se vuelve una droga dura






Claudia era vocera de un ministro poco influyente a quien ella manejaba como a un muñeco. No sólo atendía sus relaciones con la prensa sino que lideraba su gabinete político, conducía a su grupo de secretarias y disponía de su agenda como si se tratara de su marido. Para Fernández, Claudia era una fuente invalorable de información, y solían almorzar a solas en Hapenning una vez por mes para intercambiar datos y opiniones, y sobre todo como un atropellado ejercicio intelectual. Fernández admiraba la picardía y ejecutividad de aquella rubia ondulante que vivía la política con auténtica pasión y con quien en muchas ocasiones terminaba discutiendo a los gritos.
Espacio de participación. Invitamos a los lectores a que opinen. ¿El amor puede ser una adicción? ¿Tiene cura?
Esos almuerzos, sin embargo, se interrumpieron en junio sin razón alguna. Al parecer, Claudia ya no tenía tiempo para los periodistas, y los derivaba sin remordimientos ni explicaciones a las segundas líneas de su equipo. Fernández volvió a verla en diciembre, y Claudia había engordado varios kilos y envejecido cinco años. Cenaron juntos donde siempre, y a la tercera copa de malbec ella abandonó el chisme político y le contó la verdad. Se había enamorado de un fotógrafo de celebridades. Un joven viejo de cuarenta que había dado varias veces la vuelta al mundo retratando el horror y la fama, que había fracasado tres veces con el matrimonio y que estaba harto de tener contactos higiénicos e intrascendentes con las modelos de tapa. Se llamaba Eduardo, y mientras le hacía una producción fotográfica al ministro no pudo evitar coquetear con Claudia. La vocera se había separado hacía tres años de un senador que la dejó por una de veintisiete, y había puesto desde entonces toda su libido en el trabajo. A ella, el trabajo y el progreso del país le parecían una sola cosa. Claudia se sorprendió a sí misma respondiendo los flirteos y luego aceptando una cita en un restaurante de Las Cañitas. No pudo resistir llevárselo a su departamento la primera noche, y llamó al ministerio por la mañana para decir que estaba engripada y que tardaría tres días en reincorporarse. En verdad, sólo se reincorporó de la cama para cocinarle a Eduardo platos caseros pero afrodisíacos. Cuando volvió a su oficina, lo primero que hizo fue escribirle un mail de treinta y tres mil caracteres donde le decía que él había cambiado su vida y que era más feliz que nunca. El fotógrafo le devolvió, doce horas después, un mail de una sola línea: "Yo también la pasé bárbaro". La portavoz del ministro leyó aquella tarde veinte veces esas veintidós letras, mientras iba y volvía de su oficina, y era cegada por todo un abanico de sensaciones: primero, decepción y bronca; luego, risa; después, lujuria; al final, amor. En el curso de todo ese día interminable, ella lo llamó tres veces a la redacción y cinco al celular. El fotógrafo andaba muy apurado, pero no la esquivaba. Le concedía conversaciones cortas e insinuantes, y le prometía otra noche caliente. Claudia se retiró antes de hora del trabajo, se depiló y se dio un vaporoso baño de inmersión. Cuando todavía estaba en la bañera, Eduardo le avisó que se veía obligado a un cambio de planes: su equipo de fútbol jugaba esa noche contra el equipo de Telenoche, y no podía faltar. Eduardo era el wing izquierdo y el capitán, y estaban peleando el campeonato. Claudia le dijo que no se preocupara, colgó y se quedó fría en el agua fría. Cómo podía dejarla por un partido. Cómo podía dejarla después de lo que habían vivido en la intimidad. Cómo podía romperle así el corazón. A la medianoche, se sentó en la cama y lo llamó al celular cuatro veces. Estaba apagado o fuera de servicio. Claudia se pasó en vela el resto de la oscuridad, y se quedó dormida recién al alba. Eduardo la llamó cuando desayunaba a las corridas. Habían perdido tres a uno y se habían desquitado con un asado hasta las tantas. ¿Te paso a buscar para cenar?, le preguntó él. Ella volvió a sonreír y tuvo que esforzarse mucho para no decirle allí mismo que lo amaba. El fotógrafo cumplió con el cometido de ser imborrable. A las tres semanas, ella no podía recordar cómo era su vida anterior. Eduardo era fogoso pero lacónico, intenso pero distraído, amoroso pero solitario, sensible pero hermético, obvio pero misterioso y entusiasta pero holgazán. Ella lo ametrallaba con mimos, regalos y halagos, y él aceptaba las ofrendas sin desoírlas y sin sentirse abrumado, pero manteniendo una sutil distancia. Para sacarle un "te quiero", Claudia tuvo que esperarlo dos meses. Pero cuando finalmente se lo dijo, ella por poco se desvanece de la emoción. Tomó aquel bocadillo como si tuviese la misma consistencia que el Preámbulo de la Constitución Nacional, y a partir de ese piso comenzó a edificar sus sueños. Esa arquitectura imaginaria le agregaba a Eduardo un ochenta por ciento de todo. El fotógrafo, en la cabeza de la vocera, era más inteligente y sensual de lo que era, y estaba más comprometido y gustoso de lo que estaba. Muchas veces, casi siempre, el objeto del amor no es lo que es, sino lo que la imaginación del que ama le construye. Claudia adjudicaba más profundidad, trascendencia y futuro a esa relación de lo que esa relación tenía. En su mente, la realización final del amor con Eduardo terminaba en un casorio. A Eduardo esas elucubraciones afiebradas le parecían encantadoras, pero provisoriamente delirantes. Su largo plazo, en el amor, era el fin de semana. Y no se trataba de que los anteriores fracasos lo hubieran dejado alerta e inmune, ni que la vocera no le calara hondo. Al contrario, Claudia le producía un cosquilleo que nadie nunca le había producido, pero tenía menos desesperación y más sentido lúdico de la vida. Claudia nadaba contra la corriente; Eduardo se dejaba llevar por ella. Claudia era producto del esfuerzo, la estrategia y la voluntad; Eduardo era producto de la intuición, la armonía y el destino. Esa desigualdad no tardó en envenenar el romance. En el viejo juego de la acción y la reacción, ella se entregaba y él se preservaba, y entonces la vocera redoblaba fuerzas: grandes olas que rompían inofensivamente en la costa de Eduardo, que ni se despeinaba. Ella era capaz de cualquier cosa por estar con él. Manipulaba la agenda del ministro y la acomodaba a las necesidades del fotógrafo. Levantaba reuniones de gabinete, corría encuentros con diplomáticos extranjeros, reprogramaba viajes al interior y al exterior, y le encantaba solucionarle problemas operativos a Eduardo. Movía, por ejemplo, sus influencias para que el fotógrafo pudiera acceder a la intimidad presidencial, le pasaba datos secretos para que pudiera montar guardias y sacar primicias, lo subía a aviones y helicópteros donde la prensa tenía prohibido subir y hablaba con amigos para que le facilitaran el acceso a fiestas exclusivas. Pero no se detenía en las áreas profesionales: también ingresaba en los aspectos íntimos y domésticos de Eduardo. Si el fotógrafo tenía algún problema legal, Claudia hablaba con el amigo de un juez y se lo solucionaba. Si la madre del fotógrafo tenía algún problema de salud, Claudia hablaba con el subsecretario del sector y le pedía que interviniera. Si el fotógrafo tenía un problema de plomería, Claudia hablaba con los técnicos de mantenimiento de la Casa Rosada. Vivía imaginando los pasos de su amante. Ahora está corriendo en los bosques de Palermo, ahora está en el médico, ahora está en el estudio fotográfico, ahora está en la Reserva sacándole fotos a una modelo, ahora está comiendo con su mamá, ahora está gestionando una visa. Apenas podía ella concentrarse en su propia rutina, tan obsesionada estaba con seguir e intervenir en la vida de él. Muchas veces hasta le organizaba los horarios, puesto que Eduardo era olvidadizo e informal. Claudia le enviaba mensajes de texto, e-mails elaborados y creativos que muchas veces no tenían respuesta, faxes con frases y dibujitos, cartas perfumadas que llevaban motoqueros y, por supuesto, lo agasajaba con llamados precisos a horas francas, que cubrían desde el amanecer hasta la medianoche. El hombre no se sentía acosado sino arropado, pero hacía oídos sordos a los reclamos de correspondencia. La mujer se sentía cada vez más neurótica y vulnerable: sentía celos, ya no de otras mujeres, sino directamente de situaciones ajenas. Si él asistía a un almuerzo con un fotógrafo, ella se sentía marginada e impaciente. Si él dedicaba un feriado a sus hermanos, ella se sentía rebajada y proclive al fatalismo y la melancolía. En algunas ocasiones, temblaba de nervios, como si tuviera un síndrome de abstinencia. Y en otras renacía en euforias insostenibles. Un gesto mínimo le producía un éxtasis de felicidad, y otro gesto mínimo la derrumbaba. Tenía todo el tiempo una pelota en el estómago, y vivía comiendo caramelos Refresco. Pero no había nada que la refrescara, apenas algún fin de semana romántico y excluyente que se prodigaban cuando la revista donde él trabajaba se lo permitía. La cuarentona salía de esas experiencias con gran optimismo, pero también con tristeza: él siempre se estaba yendo a alguna parte; cada pequeña despedida era para ella una metáfora de la despedida final, cada vez que Eduardo le decía "hasta luego" Claudia sentía la congoja de quien era abandonada en un aeropuerto. La independencia del fotógrafo era una puñalada, y la vocera atacaba con todo tipo de armas esos permisos. Llegó incluso a pergeñar negocios con el Estado, y a tramitar becas en fundaciones y embajadas para que Eduardo dejara de trabajar y pudiera dedicarse despreocupadamente a realizar fotos artísticas. Nos vamos a vivir juntos –le proponía ella–. Vos hacés lo que tenés ganas y ya no dependés de ningún sueldo. Claudia quería, claro está, que él dependiera de ella. Quería poseerlo y amarlo por fin con exclusividad y sin miedos, pero el fotógrafo rehusaba amablemente el convite y pedía paciencia. Claudia, con el correr de los meses, fue sintiéndose exhausta. El sacrificio tenía sus recompensas, pero cada vez ese toma y daca era más desproporcionado, y el estrés emocional iba minando sus increíbles fuerzas. En un momento ya sufría más de lo que gozaba, y lloraba muy seguido, y se sentía deprimida casi todos los días, y engordaba comiendo caramelos y dejándose estar. Eduardo se había vuelto una droga. Una especie de cocaína que le producía placer, pero que la hundía en pantanos monstruosos. De sólo pensar que debía dejarlo le entraban convulsiones. El fotógrafo le había dado un nuevo sentido a su vida, y había borrado de un plumazo su vocación política. A ella no le interesaba lo más mínimo la marcha del gobierno, ni el progreso del país ni mucho menos la imagen del ministro. Y no podía imaginar cómo sería volver a esa nada gris después de haber probado los colores magníficos del amor. Tampoco podía imaginar cómo sería posible olvidar. ¿Quién puede olvidar el paroxismo de amar sin límites? El fotógrafo se dio cuenta, por supuesto, de que ella se estaba degradando, y puso mucho esfuerzo en contenerla, pero después percibió que debía hacer concesiones inaceptables para estar a la altura de ella. Eduardo cantaba, sin darse cuenta, la vieja canción del Nano: "Es insufrible ver que lloras y yo no tengo nada que hacer". Claudia tuvo un brusco dolor de pecho, sufrió un desmayo en el ministerio y tuvieron que internarla en el Instituto del Diagnóstico. Después de muchos exámenes le descubrieron una isquemia cardíaca. Su amor por Eduardo le había producido un espasmo en una rama de la arteria coronaria izquierda. Eduardo la abrazó en la cama; ella dio vuelta la cara hacia la pared y dijo: "Dejame". Lo dijo envuelta en cables y lágrimas. Le recomendaron tranquilidad y psicoanálisis. Asistió a una terapia de grupo para adictos al amor creyendo que el origen de su mal residía en la inmadurez emocional del fotógrafo. Y descubrió, en la primera sesión, que era ella la inmadura emocional, que aquello no se trataba de amor, sino de obsesión, y que debía cambiar si no quería morir. Así de simple y de trágico. Convaleciente y sin ansiedades, Claudia se dedicó a arreglar sus plantas, a hacer yoga y a leer a Kureishi. Al principio, Eduardo trató de sostener la relación redoblando él mismo sus esfuerzos, mandando e-mails más largos y acordándose de llamarla por el día y por la noche. Pero no estaban en su naturaleza esos ejercicios concentrados y sostenidos, así que la relación se fue enfriando y Claudia dejó, no sin dolor y humillación, que eso sucediera debajo de sus narices. Se sentía como descarnada, como si hubiera vuelto de la muerte y de la idiotez, y por lo tanto se engañó a sí misma: se dijo que era lo mejor y que tal vez Eduardo tuviera razón en poner todo en manos del destino. Extremista en un sentido, comenzó a serlo en el otro, sin saber que no sirve tener presión alta ni baja, que lo difícil es mantenerse en el medio. Y que el medio es la incertidumbre permanente, y que para el amor hace falta esa clase de templanzas. –Nunca cortamos oficialmente, pero ya no nos vemos más –le dijo la vocera a Fernández en Hapenning, al regreso del infierno–. Te parecerá una contradicción o un consuelo. Pero ahora siento que recuperé mi centro. Que volví a ser yo. Que mi vida volvió a ser mi vida. A Fernández no le parecía una contradicción ni un consuelo: le parecía una paradoja existencial. Propuso un brindis por los que vencen los vicios y resucitan. Brindaron con malbec, y ella de pronto miró irreflexivamente el reloj. –¿Qué? –preguntó Fernández–. ¿Te tenés que ir? –No, pidamos un postre –le respondió ella y se acarició el reloj con la vista perdida–. A esta hora Eduardo está corriendo por Palermo. Debe estar dando la segunda vuelta. Por Fernández jofernandez@lanacion.com.arCorazones desatados Jorge Fernández Díaz Editorial Sudamericana A los cuentos aparecidos inicialmente en LNR se suman nueve relatos y una nouvelle, El amor es muy puto. Se publica en octubre.



















Muy buena la historia. Quiero aclarar que no todas las mujeres somos iguales. Yo pase por una situacion parecida a la de esta historia, solo que yo tenia 30 y el 48. Yo pude entender antes que el que la situacion en la que estabamos no era buena para nunguno de los dos, pero a el le costo entenderlo. Por mucho tiempo me culpo a mi de que la relacion no funcionara, pero en realidad no fue culpa de nadie. Yo prefiero dar otra explicacion sobre por que estas relaciones no funcionan. En terminos budistas se llama "mal carma". Si una relacion esta basada en el mal carma de los involucrados la relacion esta condenada al fracaso. El mal carma viene de sufrimientos pasados, y cuando mas sufriste en tu pasado mas propenso sos a encontrarte en una de estas situaciones. Y la verdadera razon es que cuanto mas sufriste mas necesidad de amor tenes, pero al mismo tiempo tenes mas "mal carma". Es la unica explicaion que le encuentro porque yo todavia lo extranio a el como a nadie. Gracias al autor y a todos por compartir sus opiniones. Uno se siente menos solo de esta manera.








FERNANDEZ: Sos lo más!!!!!!!!!!





Fernández, qué gustazo volver a leer sus historias...Con respecto al amor, creo que cuando se convierte en adicción, no es amor, es precisamente una obsesión y estar obsesionado con alguien (o algo) no le hace bien ni a la víctima ni al victimario. En mi opinión, sí tiene cura, siempre y cuando haya voluntad real de querer salir adelante y por supuesto exista mucha contención por parte de amigos y familia. Gracias a Dios, no me tocó vivir una situación como la de la protagonista de la historia, pero no debe ser nada sencillo salir de un pozo tan profundo.






Me encanta ...regresó Fernandez..el que me hace bajar un cable a tierra!!!.Sus historias muy emocionantes y conmovedoras, cada una de ellas parece escrita para mi en una parte de mi vida...GRACIAS...





Es tal cual!!!- yo perdi mi eje por dejarme llevar... cuando cai no sabia donde estaba, ni como era antes de, pero...YUYO te sigo extrañando, y despues de darme cuenta y ver las cosas de lejos, me guatria poder volver a empezar. Muy bueno. Besos





Estoy RE-FELIZ por la vuelta de Jorge Fernández Díaz; sus historias de amor son de una calidez embriagadora... Fernández conoce el "secreto de los corazones de los enamorados", sabe del amor, como los joyeros del oro y la plata... Creo que, muchas veces, los hombres PARECEN indiferentes e insensibles, ansiosos o infantiles, pero también existen los que te regalan su candor, los que te muestran el brillo del sol, el otoño y la primavera, las estrellas ...y que, en su afán por encontrar la felicidad, destruyen muros para alcanzarla y regalártela... Para el amor no hay edad: Esto te puede pasar a los 20, a los 40 o a los 50 años... (es mi edad x eso no puedo contar para arriba, pero imagino que para los que pasaron los 60 también).




Diferenciemos el Amor del Sexo. El Amor dudo de que sea adictivo, salvo que se de en una persona de serios problemas mentales. El Amor es algo que va mucho mas alla del sexo, y desde un punto de vista estricto, es algo que no exige retorno. Se quiere a alguien por que si,sin esperar nada. Se esta pendiente de sus necesidades y deseos. El sexo es parte del amor , en la relacion de pareja.Y todo lo anterior es valido ,cuando se unen amor y sexo. Pero el Sexo puede ser independiente del Amor. Yo mismo lo he experimentado, con mujeres que me enloquecian sexualmente, pero por quienes no tenia ni una pizca de amor. Y asi como llegaron a mi vida, se fueron en un dia, un mes o tres meses. Y no me intereso mucho. Es por eso que los hombres ( no se las mujeres, porue no lo soy) podemos acostarnos con cien o dascientas mujeres en nuestaras vidas, tener bellos recuerdos , pero nada mas. Y despues nos catalogan como egoistas, pero no lo somos






A veces el amor es adictivo, si, y puede resultar un estupefaciente que acelera nuestro corazón hasta cortarnos el aliento, y termina controlando nuestra mente y nuestra vida. Depende de las circunstancias y de la personalidad de quien se enamora, claro, no se puede generalizar, pero hemos conocido amores inmunes al maltrato, a los desprecios y a los abandonos; hay amores que perviven sin haber sido jamás correspondidos, tan ardientes y verdaderos como hace 40 años. Habría que diferenciar el amor de la pasión, y allí reside el mayor problema: ¿cómo podemos distinguir uno de otra?, es una tarea difícil. El amor puede componerse de una dosis de pasión, una de afinidad, una de amistad, etc., pero la pasión pura es totalmente diferente; la pasión nos envuelve, nos invade cuerpo y mente y nos impide razonar. Nos transformamos en fanáticos del amor. Es otra especie de religión que nos absorbe y no nos deja ver ni creer en otro Dios más que en ése que hemos elegido, o que nos ha llegado simplemente para convertirse en nuestro tiránico objeto de deseo. No podemos pensar, y lo peor es que no queremos pensar; nuestra mente huye de todo intento de persuasión, de todo ruego que se nos haga para que volvamos a nuestro nivel de cordura: deseamos a esa persona y aunque se nos vaya la vida y ella sea lo peor que pudimos elegir, la queremos igual, exclusivamente, de manera enfermiza, para nosotros. ¿Es que la pasión es también capricho?, es posible, ya que todo cabe en una pasión arrolladora, menos la sensatez. El raciocinio, el sentido común, la claridad de pensamiento podemos tenerlos cuando no estamos enamorados o por lo menos, en el nivel máximo de nuestro apasionamiento. A veces, se abre una pequeña ventana y la luz del entendimiento nos hace ver las cosas como son: que ese amor no es bueno para nuestra vida, que en realidad no somos correspondidos y que no vale la pena seguir amando y mejor es olvidar, mezclar las cartas y dar de nuevo, esperando que alguien llegue pronto a restañar nuestras heridas. Y hasta es posible que logremos cortar con esa relación que nos daña; pero es difícil olvidar cuando lo que sentimos fue tan intenso que nuestros cimientos temblaron como en un terremoto grado diez, y aunque logremos poco a poco rehacernos, juntar nuestros pedazos y ponernos de pie, hay grietas que siempre reaparecen. Porque ahí quedan los recuerdos. Y los recuerdos, que son dulces algunas veces, otras se vuelven enemigos que regresan una y otra vez para atormentarnos. Ellos vienen en los peores momentos, generalmente cuando estamos solos, o debilitados en medio de una crisis con otra pareja, y entonces, el amor que sentimos por aquella otra persona reaparece con más fuerza, y con él también la idealización que hacemos de ella. En fin, no hay solución para el mal de amores, ni remedio eficaz para combatir una pasión que nos remeció el alma, aunque no hayamos sido correspondidos de la misma manera. Talvez un nuevo amor u otra pasión podrían ayudarnos; pero como no es fácil que lleguen rápido, lo mejor es darnos tiempo, recuperarnos, tomarlo con calma y esperar que aclare.




YO CREO QUE SI, PUEDE SER UNA ADICCION CUANDO: UNO SE AGARRA UN METEJÓN DE AQUELLOS!!!! Y NO SE PUEDE O NO SE QUIERE RAZONAR, QUE NO IMPORTA NADA NI NADIE, ENTOCES ESA CEGUERA CREO YO... SE PARECE MUCHO A UNA ADICCIÓN.... EN EL SENTIDO MAS LIRICO DE LA PALABRA....NO COMO ALGO DAÑINO.....UN METEJÓN ES LINDO, PESAR DE TODO!!!! CRISTINA

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